domingo, 8 de abril de 2012

Calloficciones

........................CALLOFICCIONES 3.0


1
(…) El caso de los alfareros arroja datos significativos en el estudio de las callosidades. Durante los años de formación del aprendiz, los dedos gordo e índice pasan por diferentes fases de hinchazón y endurecimiento. Al oponerse hábilmente a la rotación del torno, la arcilla los deforma con la misma determinación con la que es moldeada. La venganza de la materia consiste en una inflamación crónica de ciertas partes de la mano, usualmente prominencias preexistentes en la falange. La mano intenta escamarse, protegerse de la fricción y, en ultima instancia, consigue producir una versión informada, más útil y más preparada para desempeñar la manufactura. El proceso del callo concluye con la insensibilización, en la que la piel repetida y redundante aísla al nervio. Curiosamente, para cuando el callo se extiende hacia las regiones subcutáneas y el alfarero deja de recibir información táctil, el aprendizaje ya ha dejado paso a una intuición madura en la que la destreza manual y la interiorización de los gestos falángicos profesionalizan el procedimiento y abren la puerta de la maestría. La dureza entonces genera forma: las piezas cerámicas reproducen el callo y el absceso informado introduce su especialización en el mismo barro que lo produjo. (...)

2
En 1995, Philip K. Altman escapa a la silla eléctrica en Richmond, Virginia, eludiendo acusaciones de asesinato. Diez años más tarde, la serie Grandes Documentales de la BBC recupera el incidente en un especial sobre la mentira.

El procesado, pastor de la Iglesia del Nuevo Mundo, se dio a conocer en la capital del estado durante las Ferias de Fe de 1991 como el Tercer Profeta Americano. Como tantos otros, trabajaba la palabra como una artesanía, llamaba convicción a la vehemencia y se dejaba persuadir por sí mismo por amor a la verdad. Ex-adeptos entrevistados sugieren que Philip "se construía a cada instante", ansioso por convertirse en todos los hombres.
Otro Altman, corredor espontáneo, había cruzado el país en los 80 en etapas de treinta y cuarenta kilómetros; y él descompuso la crónica de los periódicos para apropiarse de su conquista. Los días de sol en Nevada y los de lluvia en Carolina, la frecuencia de sus estiramientos, la hidratación. Las lesiones; el sobreesfuerzo. Y la meditación.
El perfeccionamiento hacía que espaciase sus declaraciones, que diese facetas incompletas de sus heterónimos para que los seguidores compusiesen el personaje. Les confesaba vanidad al entrar en Chicago y humildad al mendigar en Maine. Se dolía de las rodillas. Y del brazo izquierdo.  Dejar de correr de golpe le había dejado un corazón demasiado grande y un miocardio confuso.
El elemento trágico ayudaba a superar las inexactitudes de su biografía y cauterizaba sus debilidades en el inconsciente colectivo; pero vender un personaje infinitesimal, creado a cada segundo, formó hábito; y el hábito callosidad. Patología. Tan compleja sería la red de detalles, tan profusos los sentimientos agregados, que las mentiras debían parecerse al sumatorio multisensorial de los recuerdos. Recuerdos deformes, ligados por la ilusión, o el significado.
Nada indicaba que el placer inocuo de confeccionar superioridad espiritual pudiese más que distorsionar la vida de un puñado de individuos previamente vulnerables, hasta que Philip trató de rentabilizar su sacerdocio. Marie-Lee Edwards fue una de la primeras en ser aproximada con la urgencia de dar hijos al Nuevo Mundo. A ella le habló de "individuos puros que pudiesen amar la verdad como si se tratase de belleza", si bien adujo necesidades pedestres para persuadir a otras mujeres. Todas se mostraron receptivas, incluso ávidas por ser parte del invento que las había llevado allí. Todas menos Meredith.
Meredith Fletcher se unió a la secta junto a su marido durante el verano de 1992, cuando el predicador compuso el Discurso Definitivo sobre la Fe. "Cree de verdad quien no lo necesita", "La fe es anterior a la decisión de creer" ó "La verdad responde a nuestras deformaciones". Durante el sermón, se hizo evidente la atracción animal que la señora Fletcher despertaba en él.  Algunos de los asistentes recuerdan con especial intensidad cómo el profeta aludió a las manos de su padre, las manos de un virtuoso del barro, de un artesano. Para ilustrarlas, moldeó callos inexistentes en sus propios dedos, concentrando el aire en torno a las deformaciones, mirando lascivamente a Meredith mientras explicaba el grosor de sus pulgares.
Esa misma noche Philip la reclamó en su cuarto y después de un cortejo nervioso de intermediarios, su propio marido la arrastró hasta la habitación del profeta. Tres meses más tarde, embarazada, trató de escaparse, pero el reverendo Altman la mató de un disparo.
Al menos cuatro individuos testificaron en su contra, pero ninguna de las declaraciones fue suficente contra la máquina de la verdad. Meredith, aseguró, se había quitado de en medio para acabar con la congregación. De veras lo creía.
Músculos serenos -de honestidad-. Y corazón pertinente.


3
Múltiples escritores han recogido la historia de la muñeca viajera de Kafka como si tratasen de proteger un cuento oral contemporáneo. La fascinación literaria del episodio tiene que ver con los viajes de ida y vuelta de los callos informados, pero también con la necesidad de mentir. "Mentir somete y salva al hombre", afirmaría poco después de publicar El Proceso.
La mentira que nos ocupa se hace necesaria durante su último año de vida, en el que conoce a una jovencita de veinte años de la que no puede evitar enamorarse. A pesar de la naturaleza culpable del amor que sufre Kafka por las mujeres y la creencia de no merecer una sexualidad saludable, ambos huyen de Praga y se afincan en Berlín.
Su autobiografía no entra en detalles sobre la intimidad de la relación, pero resulta evidente el impacto que esta mujer provoca en el escritor, que abandona temporalmente las tardes de sótano sorprendido por todo cuanto le es ajeno.
Un día de tiempos tumultuosos, la pareja ve a una niña de seis años llorando desconsoladamente. Tras preguntarle cuál era el problema descubren que la pobre ha perdido su muñeca. Kafka decide hacerle creer que no la ha perdido; su muñeca se encuentra bien, pero ha decidido viajar para ver cosas nuevas, para vivir nuevas experiencias. Sin embargo, la muñeca le hizo portador de una carta antes de marcharse, carta que promete entregarle en una segunda cita.
Kafka vuelve a casa y, como si de una de sus obras se tratase, compone y recompone el texto, haciéndolo creíble, ensoñador y tan convincente a los ojos de una niña de seis años como puede.
Tras llevarle la carta en persona y viendo la alegría con la que se toma las noticias, Kafka decide continuar con el proyecto para no romper la ilusión. Mantener aquella sonrisa durante el mayor tiempo posible se convierte en un proyecto privado, pero reclama las mismas habilidades que sus obras públicas. Introducir a la niña en una realidad paralela requiere de datos coherentes e invenciones precisas; si en algún momento traicionaba el espíritu de la primera carta, ella dejaría de creer en él sin saber del todo por qué. Resultaba conmovedor observar a Kafka entregado a un  ejercicio de matices, echando mano de todas sus obsesiones para disipar la ambigüedad de las palabras.
De esta manera introduce a la pequeña en una realidad paralela, salvando pertinazmente los escollos que surgen con rigor de cirujano. Aunque le transmite el afecto de la muñeca en cada uno de sus mensajes, poco a poco va preparándola para la ruptura. Casi tres semanas después del primer encuentro y tras considerar cuidadosamente las ramificaciones de varios finales, Kafka considera que el momento de cortar el cordón argumental ha llegado. La aparición de un hombre apuesto con el que la muñeca se casaría anulaba la promesa de su regreso. Debía dejarlo todo, incluso a ella.
La niña se había despegado poco a poco de su posesión, intercambiando el dolor de su ausencia por el placer de vivir en la historia.
Para cuando el desenlace se produjo, no derramó lágrima alguna. ¿Qué importaba una muñeca cuando la realidad se había ampliado ante sus ojos?



4
Daniel estudia el rastro de los callos tristes desde que su padre murió en la Media Maratón de Madrid. Se desplomó a pocos metros de la línea de meta y los servicios del Samur sólo pudieron certificar su muerte tras horas de masaje cardíaco.
Los callos tristes tienen poco en común con las durezas creativas; si acaso son deformaciones vulgares, unidireccionales, que eliminan habilidades sin compensarlas, pero Daniel los persigue intensamente. Se hace con ecocardiogramas desechados, hurga en la basura del hospital y recolecta imágenes de miocardios sanos e hipertróficos; pruebas que anticiparon la enfermedad, o la cogieron a tiempo. El fetichismo le ha llevado a comprar electros a través de eBay; corazones desproporcionados, ejemplares esforzados de deportistas de élite. Adicción al hábito. A la fenotipia.
Recopila reseñas de simposios, vídeos de noticias y documentales del Discovery Channel en un intento póstumo de revertir la hipertrofia. Con la esperanza de negar la pérdida, Daniel analiza la degeneración dental de los esquimales, los observa curtir la piel de las focas, envejecer prematuramente y morir por la boca; abandonados por no poder masticar, ni morder. Inútiles. La inevitabilidad del proceso lo tranquiliza: aplaca la estupidez de los desgastes innecesarios y la muerte por recreación.
Sin embargo, una lectura distraída complica la linealidad de sus callos evidentes. Sin querer, se tropieza con la historia de Kafka y la muñeca viajera en Brooklyn Follies; y aunque la etiqueta mentalmente como un cuento para niños en medio de una novela para adultos, algo le dice que aquel sacrificio contradice la naturaleza de los músculos espesos y los corazones hiperdesarrollados.
Movido por la curiosidad teclea en Wikipedia el nombre del autor. Paul Auster parece estar obsesionado con el azar y la combinatoria, pero uno de los enlaces externos pervierte ese mensaje de aleatoriedad. El escritor invita en una entrevista a llevar la literatura a la vida, a exportar lo aprendido en la artesanía artística de vuelta a la realidad. La existencia de un callo artistico, que reclama un lugar más allá del arte, provoca aún mayor estupor en Daniel; y rompe a llorar por primera vez desde que murió su padre, a medias enternecido por el recuerdo de la niña y torturado por la ausencia; descolocado por la aparición de los callos informados y esperanzado por su capacidad curativa.
Él no es escritor, ni artista, pero trabajó como cámara durante años, antes de estar en el paro, antes de la Crisis, antes del otoño de 2008. Durante semanas se levanta con la obsesión de idear una ilusión suficiente, un acto empático tan profundo como el de Kafka con el que certificar la belleza de los callos útiles, capaces más allá de sí mismos. Sin embargo, cuanto más intenta configurar una ficción amable, más alternativas oscuras encuentra.
Durante dos años madura el proyecto, dividido entre la satisfacción de una ficción dulce y la terquedad de su metabolismo psicológico, deseando probar de una forma u otra la supremacía de los callos inteligentes sobre los absurdos.
Debido a su carácter supersticioso, deja la elección en manos de lo esotérico. Esperaría una señal.
Una noche como las demás, TVE incorpora un documental extravagante a su parrilla. Un predicador, anuncia, profesionaliza la mentira.


5
A Elva le asombraba su sombra y no entendía por qué. Había llegado el día. El día en el que Daniel mostraría su corto. No era más que un pase privado, una reunión de familiares y amigos, pero había trabajado en él como si le fuese en ello la vida -de su padre. Se le notaba nervioso. Elva le notaba nervioso.
-Daniel, ¿dónde estás?
-Estoy aquí.
-No es verdad ¿Qué ocurre?
-No te merezco, Elva.
Daniel permaneció callado unos segundos
-¿Te acuerdas de la historia que te conté sobre Kafka?
-¿La de la muñeca?
-Sí, la de la muñeca.

Fue una sorpresa cuando Daniel le pidió que participase en el corto, pero Elva accedió creyendo que así lo haría feliz. Según él no había nadie mejor que ellos dos para explicar los entresijos de una relación, de su relación. Los momentos más íntimos, y los más domésticos. Caricias en el sofá, conversaciones disipadas, escenas de sexo explícito, real también, en los que ambos estaban envueltos en sábanas.
Lo haría con una condición. Se desharía del cajón de las calamidades y juraría no dedicar más tiempo a otros corazones enfermos. Quizás el suyo no estuviese hipertrofiado, pero acusaba sus propias deformaciones.  Ahora que la invasión de los internautas había formado callo, nuevos tipos de exhibición sólo complicarían el proceso. Desharían el equilibrio y le harían volver al psicólogo. Elva y Meredith. Amor y erótica. Ficción y afecto.
Fue Daniel quien le sugirió su otro nombre, el de quita y pon -como la ropa-, cuando ella admitió confundir amor con sexo y sexo con exhibición. Sin embargo, saber quién era en cada momento exigía más que un truco nominal. Por eso se había llevado la webcam a otro cuarto, para no  pasar el día tendida en la misma cama y evitar la continuidad equívoca de los dos desnudos. El de los gemidos grotescos y el de las respiraciones convulsas -contenidas.
Para su contrariedad, Daniel reclamaba los mismos movimientos cosméticos que ella ofrecía en Internet, exigía las mismas obscenidades y, en general, esperaba la misma pornografía.
Elva trataba de solventar el parecido moldeando barro, en su cabeza. A la espera de un fantasma.
"¿Puedo ayudar?" Daniel Swayze, amante humilde.
"Pon las mános aquí. Bien mojadas".
Fabricar entre los dos un falo generoso, de arcilla, con el que penetrarla.
En un ataque de romanticismo, Elva compró un torno de alfarero y lo llevó al dormitorio del placer propio. La primera vez que lo usaron, él parodió la escena para defenderse de su ternura. La segunda no llegó a producirse. Se quejó de una rojez liviana en los dedos, de una mínima hinchazón que le afeaba las manos, y con esas se escapó del barro. Y las caricias.

6
Se apagaron las luces y Elva vio su piel aplastarse contra la pantalla, a destellos tatuada por el nombre de Daniel en diferentes roles de ejecución. La cámara salía de su axila a un plano general. Día a día. Planos descompuestos en un orden incómodo, quizás azaroso.
Después de sobrepasar las escenas más delicadas, Elva se relajó en el asiento, y entonces Daniel apareció en pantalla por primera vez en el cortometraje. Hablaba frente a la cámara sobre una anécdota que atribuía a Juan José Millás.
Siendo él un niño, su madre le mandó a por aceite a casa de la vecina. Salió al rellano y llamó al timbre. Tras exponer el motivo de su visita fue invitado a entrar y lo que vio deformó su visión del tiempo y el espacio para siempre. Era su casa. Para ser más exactos, era el opuesto de su casa. Como en una broma macabra de negativos, cada rincón -cada palmo de pared- estaba repetido en el otro sentido. Para cuando salió del apartamento, la realidad había cambiado para siempre. Había visitado el otro lado del espejo. E intuyó todo tipo de opuestos, esperándose.
Al contrario que en el común de las películas, el título -Ilusión-, apareció más allá de la mitad, acompañado de una escueta dedicatoria a su padre. Daniel, visiblemente emocionado, se levantó del asiento y desapareció sin dar mayores explicaciones.
En la pantalla continuaron los pequeños desencuentros de la vida real; quejas y discusiones que hasta ese momento no había considerado signifcativas, pero que compactadas por la magia del cine y el esfuerzo de las tijeras aconsejaban ruptura y cambio de pareja.
Nueva digresión. Philip K. Altman -irreconocible- reconoce haber matado a Meredith Fletcher en un vídeo casero de calidad baja. "La mentira necesita de la voluntad de creer", añade. "Cuanto más activo es el papel del creyente, mayor es la eficacia de la ilusión".
La frente de Elva era tierra en sequía cuando su novio volvió a aparecer en pantalla.
Daniel improvisó una excusa abstracta antes de soltar la frase lapidaria: “Cariño, esto es todo. Creo que no deberíamos vernos más.” Protegido por la distancia de la luz, se inclinó para apagar la cámara que lo grababa; la lente contra su camisa.
En la siguiente toma, Elva. Su cara en el instante presente permanecía en un estupor nervioso,  haciendo cine mientras parpadeaba incrédula. Incrédula.
El patio de butacas se había dado la vuelta para observarla sin el filtro absurdo de la bidimensionalidad. El insistente rostro de los otros reclamaba un grito de odio, pero la sensatez indicaba una salida neutra que entorpeciese la ficción. Por eso cargó con toda su violencia hasta la salida de emergencia y se llevó el espectáculo fuera de la sala de proyecciones.

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